Encerrada en los muros de su hogar, Zaida no dejaba de pensar en el cristiano. Su destino era incierto, pero ella temía lo peor. Los días se alargaban, y su dolor crecía como una herida abierta.

Perdóname… Nunca quise que esto terminara así. Ojalá hubiera tenido el valor de elegirte a ti.

Mientras tanto, su padre llevó al cristiano a su destino. Sus pasos resonaban en el camino hacia el Cerro de la Doncella, un lugar que pronto sería escenario de una tragedia.

Zaida… si este es mi final, al menos sé que mi amor por ti fue verdadero.

Desde la ventana de su prisión, Zaida vio cómo llevaban a su amado lejos. El peso de su culpa y su amor no correspondido la llevó a tomar una decisión definitiva.

Si él no puede vivir, yo tampoco lo haré. Nuestro amor no merece este final, pero al menos estaremos juntos en la eternidad.

Zaida ascendió al Cerro de la Doncella, un lugar que para ella simbolizaba el fin de su dolor. Con una última mirada al cielo, dejó que el viento se llevara su último aliento.

Amado mío, espérame. Al fin estaremos juntos.

La leyenda dice que, al caer, de las lágrimas de Zaida nacieron dos ojos cristalinos, azules como las lágrimas de la doncella, conocidos como los Ojos de la Mora. En ellas, su espíritu permanece, observando la ciudad de Cuenca y llorando por el amor perdido.