En las calles de Cuenca, al final de una tarde tranquila, la esposa y su amiga paseaban, como solían hacerlo, compartiendo confidencias. En esta ocasión, las palabras de la esposa traían consigo un aire de tristeza y frustración.

Mi marido pasa los días ocupado con sus negocios y apenas me dirige una palabra cuando está en casa. Siento que no existo para él.

La esposa sentía un vacío creciente en su corazón. La soledad y la indiferencia de su marido la habían llevado a buscar consuelo en estas charlas con su amiga.

Amiga, no puedes seguir así. No es justo para ti. Toda mujer merece ser escuchada, atendida… querida.

La amiga, siempre astuta y con una red de contactos en la ciudad, tenía en mente una solución. No era la más correcta, pero quizás sí la que la esposa necesitaba.

Conozco a alguien que podría alegrarte los días. Es un caballero amable y discreto. ¿Qué me dices? Solo un encuentro, sin compromisos.

No sé… no estoy segura de que sea lo correcto. Pero… quizás sea lo que necesito para sentirme viva otra vez.

Aunque dudaba, la esposa no podía evitar sentirse atraída por la idea. Su amiga le aseguró que todo se haría con discreción, sin riesgos ni escándalos. Fue entonces cuando el plan comenzó a tomar forma.

No te preocupes, querida. Todo saldrá bien. Verás que un poco de compañía puede ser justo lo que necesitas.

Con esa promesa, la amiga se convirtió en cómplice, y la esposa, en protagonista de un secreto que estaba a punto de ser descubierto.