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Cuenca, siglo XVIII. Una ciudad de belleza indómita, encaramada sobre rocas imponentes y rodeada por las hoces del Júcar y el Huécar. Aquí, las casas parecen flotar sobre el abismo, y al caer la noche, el casco antiguo se sumía en una oscuridad absoluta, solo rota por el titilar de lámparas de aceite.

Era una época de creencias profundas y temores arraigados. En la noche de Todos los Santos, las calles quedaban desiertas, pues se decía que las almas de los muertos vagaban libres entre los vivos. Los más valientes se refugiaban en las tabernas, donde el calor del vino y las risas intentaban ahuyentar los miedos. Pero fuera de esas paredes, el silencio era sobrecogedor.

Entre esos jóvenes desafiantes estaba don Diego, conocido como el Bello Zagal. Su porte y su galanura eran el orgullo de algunos y la preocupación de muchos. No creía en fantasmas ni en demonios, y con cada comentario irreverente parecía querer retar al destino.

Aquella noche, sin saberlo, don Diego estaba a punto de enfrentarse a algo mucho más oscuro que sus dudas y sus burlas. Y todo comenzó con una mirada, unos ojos negros como el azabache… y un paseo hacia la Cruz de los Descalzos.

Prepárate. Hoy seguirás sus pasos, sentirás su miedo y descubrirás una verdad que todavía resuena en estas calles.