
Julián y Angustias llevaban tiempo enamorados, a pesar de las barreras que imponían sus diferencias sociales. Él, un humilde jornalero, y ella, una dama de linaje noble, sabían que su amor desafiaba las normas de su época. Sus encuentros se daban en secreto, siempre junto al Cristo del Pasadizo, un lugar que para ellos simbolizaba protección y esperanza.
Aquel lugar, escondido entre callejuelas, era su refugio. Allí podían ser simplemente Julián y Angustias, libres del juicio de la sociedad.

Julián, si mis padres descubrieran lo nuestro… no sé qué harían. Temo por lo que pueda pasar.

Angustias, nuestro amor vale más que cualquier amenaza. Algún día demostraré que puedo ser digno de ti, lo juro.

Esa noche, el miedo a la separación se mezcló con la certeza de su amor. Ambos decidieron sellar un juramento, un pacto que los uniría más allá del tiempo y las circunstancias.

Prometo que mi corazón será solo tuyo, Angustias. Ninguna otra mujer ocupará tu lugar, pase lo que pase.

Y yo te esperaré, Julián, sin importar cuánto tiempo pase o qué dificultades enfrentemos. Mi amor por ti no cambiará.
El juramento quedó grabado en sus corazones y, en su mente, atado al Cristo del Pasadizo, quien parecía ser testigo de su amor eterno.

Cuando regrese, lo haremos oficial. Nadie podrá separarnos jamás.
Te esperaré aquí, bajo la mirada del Cristo. Nunca dejaré de pensar en ti.

Esa noche, Angustias y Julián se despidieron entre lágrimas, sin saber cuánto tiempo estarían separados. Al día siguiente, Julián partiría a las guerras de Italia, dejando atrás a su amada, pero llevándose consigo la promesa de su amor.

