Devastada por la culpa y el dolor tras la muerte de Julián y Lesmes, Angustias buscó redención. Dejó atrás su vida en el mundo y encontró refugio en el convento de las Petras, donde dedicó sus días a la oración y la penitencia.

Dios mío, perdóname por las vidas que mi debilidad destruyó. Te entrego mi alma y mis días para expiar los pecados que cometí.

Los días de Angustias se convirtieron en un constante acto de reflexión y arrepentimiento. En el silencio del convento, buscaba consuelo en su fe, aunque la sombra de su pasado nunca dejó de acompañarla.

Julián, nunca quise romper nuestra promesa. Rezo por ti cada día, esperando que encuentres paz donde yo no la encontré.

La leyenda de Angustias, Julián y Lesmes quedó grabada en el alma de Cuenca, recordando a todos los que pasan junto al Cristo que el amor y el destino son fuerzas que pocas veces podemos controlar. Angustias pasó el resto de sus días en el convento, buscando la redención que quizás solo el tiempo pudo darle.